POLONIA

                                                                                  Jueves 21 de Julio del 2005.

 

            Con bicicleta.

 

Yo quería, necesitaba una bicicleta. Incluso estuve a punto de comprar una. Las nuevas eran muy caras y las de segunda mano por calidad/precio no merecían la pena en ninguna de las tiendas que habíamos visitado. Me parecía increíble que en un país donde se quejan tanto del sueldo se gasten un pastón en bicis. Aquí la gente trabaja un par de meses para comprarse una bici buena y nueva. Si hablamos de “bicis medias” (no de media bici) y el precio medio lo relacionamos con el sueldo “medio”… más de un mes de trabajo. Pero como suelo decir, cada uno que haga lo que quiera con su dinero. La cosa es que la madre de Dorota, sabia de mi objetivo y se volvió loca para satisfacer las necesidades de un encaprichado.

            Unos días antes, Annia hablo con una vecina sobre este tema y acordaron que podrían dejarme una bici algún que otro rato pero no acordaron ninguna fecha. Y hoy, cuando llamamos al contacto no se encontraba en casa. Pero no pasa nada. Annia comenzó a mover hilos y al rato “din-don”, abrimos la puerta y apareció ella con una bicicleta reluciente. Mis ojos debieron de describir círculos y brillaron más que nunca durante mi estancia en estas tierras. Me temblaban las piernas, el corazón galopaba por el pecho y el cuerpo sudaba ríos. Ahí estaba yo con una bici que no era mía pero como si lo fuera.

            Agradecimos a la anfitriona su esfuerzo por conseguir la bici, me limpie los dientes, me cambie los pantalones y los calzoncillos como si e una cita se tratara. Limpiamos el polvo acumulado entre los radios y el cuadro de la bici de Dorota. Hinchamos las ruedas y entablamos una rápida conversación con su hermano sobre los caminos a seguir para llegar al zoo. Saque mi mapa de bici carriles de la ciudad y todos se quedaron flipados ante el. El asombro significaba “que ostias hace este con cosa semejante”. Hicimos un plan que duro lo justo en sacar las bicis del portal. En vez de ir directos al zoo, pensamos en pasar por el centro de la ciudad.

            Nos desviamos otro poco para hacer la reserva del hotel al grupo de amigos que venían desde Vitoria dos semanas más tarde. Luego atravesamos el Wisla y paramos en una tienda de bicis para comparar los precios de las parrillas y mochilas. No nos gustaron mucho y seguimos hasta una pequeña tienda de llaves, cerraduras, cuchillos y candados situada junto a la puerta de Florianska. Nos hicimos con dos pequeños candados, pura golosina para los ladrones más inexpertos pero que a nosotros nos daba cierta confianza.

            Las tres visitas de Dorota al servicio por el efecto de la cerveza y los Smirnoffs le pasaban factura y el estomago le pedía comida. En una de las calles perpendiculares a Florianska, ulica Tomasza  había un restaurante de comida georgiana que a mis ojos parecían la misma de un restaurante de comida rápida. Carne cortada al estilo de Keback, una ensalada y arroz. Todo ello con una salsa picante que a mi no me lo pareció. La carne de cerdo y la ensalada estaban riquísimas y se podía apreciar una calidad superior a la que suelen servir los puestos callejeros y kioscos.
           
Recorrimos la orilla del Vistula y nos separamos del mismo para llegar al Castillo de Przegorzaly, en la actualidad un refinado hotel. La terraza daba al balcón desde donde había una impresionante vista del Vistula. Dorota me comenta que aquí se establecieron importantes personalidades del gobierno nazi durante la segunda guerra mundial.

            Como no conocíamos bien el camino del bosque descendimos hasta el pueblo de Przegorzaly  y seguir por la carretera. La misma bici que me había echo sonreír por la mañana, la que hizo que el corazón galopara y las manos sudaran comenzaba a ponerme nervioso pero por otras circunstancias. El cambio del plato no funcionaba, lo que se traducía en un mayor esfuerzo, el sillín estaba bajo para mi envergadura y estos problemas, pequeños ellos, se hacían “exagerados” ante las cuestas que iba atravesando. Por mutuo acuerdo decidimos cambiar cada cierto tiempo de bici.  Pero el trato no fue del todo bueno y por eso de ser “caballero de la tabla redonda” salí engañado. Es decir, yo y mi bici las cuestas y Dorota con la mía las bajadas.

            Llegamos al zoológico sobre las cuatro de la tarde. El parque se encuentra en lo alto de una colina rodeada de bosque. Junto a la entrada había una terraza donde nos tomamos un café (con la tarrina de leche), zumo y zapiekanka, una especie entre rebanada y pizza que lleva ketchup, queso y champiñones.

            Llevamos una semana con el tiempo un poco revuelto. Eso si, revuelto pero regular. Amanece pronto. Hoy lo comprobé porque con las visitas de mi compañera de cama al servicio no he pegado ojo. Y en una de esas visitas, el reloj marcaba las cuatro y dieciocho cuando amanecía. Miré al cielo y vi nubes grises. Similares a las de días atrás. Son las mismas que cuelgan durante todo el día y que por el aspecto parece que van a descargar en una feroz tormenta que nunca sucede. Bueno en estos días solo una vez vi una tormenta y sucedió a las cinco de la mañana cuando me desperté sobresaltado por los truenos. El día gris, un aire fresco pero se estaba en la terraza hasta que de vez en cuando y por oleadas nos llegaba el fétido perfume de los huéspedes del zoo.

            Candamos las bicis junto a la caseta del guarda y entramos en el frondoso zoo. El zoo esta en un lugar fresco y bastante sombreado. Los animales están limpios y algunos de ellos, dentro de lo que cabe, en recintos espaciosos y no muy saturados.

            En algunos paneles informativos sobre las especies había una pegatina blanca. Mi traductora dijo que se trataba de los últimos nacimientos. Y puedo decir  que son muchas las especies aloctonas que se reproducían satisfactoriamente a miles de kilómetros de sus lugares de origen.

            Cerraban ya el zoo, y descendimos de nuevo por los dos kilómetros olvidando los esfuerzos que tres horas antes tuvimos que hacer sufrir. Esta vez, el camino de vuelta iba a ser un poco más largo pero también bonito y provechoso. Ya cerca de la ciudad las casas eran grandes y luchaban por destacarse unas sobre otras. A excepción de algunas casas que se refugiaban entre grandes muros vigilados por circuitos privados de cámaras de seguridad. Unas con vallas adornadas, y otras con tejados, pero no de dos aguas, sino de cuatro, irregulares y en ocasiones alguno de los lados del tejado llegaba a un par de metros del suelo.

            Paramos en un bonito puente de hierro pintado de amarillo y azul. Dorota me explica que el pequeño rió Rudawa, sirve para practicar piragüismo y esa es la razón de los saltos cada pocos metros. También nos detuvimos  frente a una placa que recordaba el lugar desde donde salió Josef Pilsudski, uno de los héroes de la nación. Un mito para el abuelo de Dorota.

                                                                                  Viernes 22 de julio.

            Hoy no hemos madrugado y como desde hace varios días me he despertado unas cuantas veces. Entre que amanece sobre las cuatro y poco, que no hay persianas y toda la luz entra en la habitación y que no acabo de acostumbrarme al sofá cama casi no pego ni ojo.

            Dorota ha marchado con su madre a un supermercado. Yo he aprovechado para acercarme hasta un café-internet que estaba cerrado y a tomar un refresco en uno de los bares del barrio. Pase casi dos horas sentado mientras actualizaba el cuaderno de viaje sobre mi estancia en Polonia. Entable una mínima, simple y sencilla conversación con el camarero. Respondí a la pregunta: yo-polaco ¿y tu? Y me dedique a ratos a observar la vida del bar a estas horas. Un paisano leía el periódico acompañado de una gran jarra de cerveza (litro o litro y medio). Un hombre entró, pidió una cerveza, esta vez de medio litro, se sentó en la terraza unos instantes mientras consumía la cerveza a grandes sorbos. En un periquete se levanto y desapareció. Los bares de esta zona se reconocen por dos cosas; las sombrillas y los carteles que sobresalen de las fachadas anunciando “piwo”, cerveza.

            Después de un rato regrese a casa para comer algo y salir con el objetivo de encontrarnos con un analista económico y conocer la situación económica del país. Calculamos mal la hora y llegamos tarde. Cerraban a las seis. Algo que no es de extrañar, incluso en España los bancos cierran antes. Con los días y posteriores visitas a bancos y agentes bancarios pude comprobar que comprar acciones o fondos no es tan sencillo como parece y que es algo todavía no extendido entre la sociedad. Me extraño que la compra de acciones o recibir información sobre el mercado bursátil debería de hacerla desde unas oficinas fuera de los propios bancos. Una de las mañanas visitamos un gran edificio, uno de los más altos y llamativos bancos, el BPH de Cracovia. Pues bien no se si fue por las pintas, porque era extranjero o simplemente porque desconfianza de nuestro interés por comprar acciones, nos dijeron que desde aquí no podíamos comprar hacer nada. Nos dieron que teníamos que acudir a “Biuro Maklerskie” desde donde se realizaban estas gestiones. Otro día acudimos a uno de estos lugares y me sorprendió donde se encontraba. Era un edificio que albergaba distintos comercios, desde una peluquería a una tienda, un banco… En este nos dicen que en uno de los pisos de arriba esta la oficina donde nos informaran de todo. , había algo similar a una caja, pequeñita y que parecía un lugar de otro mundo entre tanta variedad comercial.

Durante los distintos viajes que he realizado por Polonia he tenido la oportunidad de visitar distintos paisajes en distintas épocas del año. Mi primera incursión en este país fue en el caluroso mes de julio del 2.000. Venía de Praga, en la República Checa en uno de los típicos viajes en Inter-rail. Llegue en el tren poco después de amanecer y mi encuentro con el país dejo mucho que desear. Establecí, tal vez de forma errónea, una comparación con los países que recorrí un poco más tarde, Hungría y Rumania. Las diferencias en esa primera visita fueron variadas según las regiones pero observe algo en común en los tres países: un trato despectivo hacia el extranjero, hacia el turista en general por parte de los funcionarios que atendían las oficinas de información y las ventanillas de las estaciones de tren. Siempre era gente que rondaba la cincuentena, que no hablaban otro idioma diferente al suyo y además no ponían nada de su parte para hacerse entender. Con su actitud sólo aumentaban el caos. De hecho, por un malentendido con una funcionaria  de la  compañía de ferrocarriles tuvimos que pagar una multa  por no hacer la reserva del billete con antelación.  Ella, sin entender nada de lo que le preguntábamos nos respondía "No problem, no problem…". Al parecer ella pensó que para ese tren y con el billete de interrail no teníamos que abonar ningún suplemento, y luego, ya dentro del tren resultó que las condiciones eran diferentes, además demostró no tener ni idea de lo que es el interraíl.
Una de las cosas que llamó mi atención de Polonia por aquellos años antes de la preparación repentina para "ponerse las pilas" y entrar en la Unión Europea fue la dejadez de las estaciones. Me sorprendió especialmente que en algunas estaciones de Rumania, país que había visitado recientemente, todavía existía una especie de preocupación por mantener pintados los bancos de color verde (en general)  y las fachadas, mientras en Polonia la despreocupación por el inmobiliario era casi total. De ese viaje tal vez el recuerdo de Polonia era el color gris mientras en Rumania era un verde-grisáceo. Pero solo tal vez, porque depende quien viva el viaje y cuando se viva esto varía. En viajes posteriores estas diferencias y la percepción no han sido las mismas
Con el paso de los años, en sucesivas visitas la cosa ha cambiado. Cracovia ha pasado de esa primera visita grisácea, oscura y bochornosa al verde o blanco, clara y reluciente. Y a veces fría…. muy fría. Grisácea por  las fachadas oscuras; oscura por la gran cantidad de calles sin iluminar o con luz escasa y bochornosa por la humedad de un aire influenciado en exceso por la presencia del Vistula. En pocos años muchos edificios han pasado de manos del gobierno a inmobiliarias o particulares que han mejorado y rejuvenecido las fachadas de edificios de una época (comunista) ya pasada. En la actualidad todavía son muchos los barrios que esperan con impaciencia a que aparezcan los inquilinos, en su mayor parte judíos que una vez tuvieron que abandonar a la fuerza sus hogares. La mejora de las fachadas se hace extensible a una mejor iluminación de las calles.
Algo impactante, que todo ser humano debe visitar si se encuentra en territorio polaco es Auschwitz.. Está situado a unos 60 km. al oeste de Cracovia, allí los nazis establecieron la mayor maquinaria de muerte de la historia. Está formado por tres ampos de exterminio. En principio nació como cárcel (1939), pero rápidamente se transformó en matadero humano hasta el 4 de febrero de 1945 en que fue liberado por los soviéticos. En sus cámaras de gas, y dependiendo de las fuentes de información, murieron entre un millón y medio y tres millones de personas.
Estuve en Bialowieza en agosto del 2005 y pude hacer realidad uno de esos sueños anhelados, ver in situ al Bisonte Europeo (Bison bonasus), el mamífero salvaje más grande de Europa y uno de los más amenazados. Salí desde España con un número atrasado de la revista GEO que hablaba sobre Polonia. El periodista estuvo en el pueblo que da nombre al Parque Nacional y recorrió de manos del viejo guarda forestal, Stefan Szpakowicz los alrededores. Con la misma idea llegue allí en un viaje lleno de transbordos: Cracovia-Varsovia y Varsovia-Byalistok en tren y Bialistok-Halowaj; Hawolaj- Bialowieza en autobus. Nos alojamos en una bonita casa rural llevada por una señora que al parecer permanecía al cuidado de la madre de la dueña de la casa. Algunos polacos al regresar de países como Alemania o Inglaterra, si han logrado ahorrar algo, montan un negocio en el pueblo o en la ciudad. La casa construida en madera estaba rodeada por una pequeña valla también de madera. La fisonomía del pueblo llamaba la atención a los ojos de un urbanita acostumbrado a edificios altos. Bialowieza se divide "principalmente" en dos barrios: el de arriaba y el de abajo que no es más que una misma calle con un espacio agrícola entre ambos. Las casas y edificios públicos se encuentran a lo largo de la calle. Las casas en su mayor parte las de los hogares están construidas con madera dejando el ladrillo a las instituciones, pequeños comercios y algunos hoteles. Nuestro alojamiento se encontraba en la calle A. Waszkiewicza 90 y la casa se llamaba Bajeczny Domek Noclegowy. Los extremos de esta calle estaban limitados por la casa de guardas forestales y por la entrada del Parque Nacional. La puerta principal de los hogares daba directamente a la calle. Dorota me explicaba que a diferencia de otros lugares esto rompe con el principio de intimidad y privacidad que los habitantes rurales desean mantener en otras regiones o países. Por ejemplo, realizamos una excursión al Parque Nacional de los Pieniny famoso por que en el se realizan los descensos en balsas en el río Dunajec. Este afluente del río Vistula hace de frontera entre Eslovaquia y Polonia y se puede recorrer por una senda perfectamente señalizada desde la cual se admiran los picos más altos de las Pieniny: Trzy Korony (Tres Coronas) y Sokolnica.  El camino cruza una frontera "turística" que en tiempos pasados imagino totalmente militarizada pero que en la actualidad no tiene mucho sentido. En la parte Eslovaca, en el pueblo de Czerowony Klasztor las casas se encontraban a lo largo de la carretera principal. Pero a diferencia de las casas de Bialowieza las puertas se sitúan en un lateral, un rasgo tal vez que denota la privacidad del pueblo eslovaco y que en varias ocasiones he podido comprobar. Es una opinión personal, claro esta y ello no significa que esto valga para todas las personas. Como se suele decir: "la gente del norte es más fría", y a veces es cuestión de conocer el lugar, el entorno y las personas para justificar esta frase tan aplastante. En unos casos puede ser valida pero no paro todos y nunca de forma generalizada. Además en el caso de las puertas en un lateral tal vez se deba a la corriente del viento predominante en el pueblo. Intentare documentarme sobre este tema un domingo por la tarde o un día en el que tenga que elegir entre siesta o algo menos interesante que hacer.
El parque de Bialowieza es uno de los 23 parques nacionales de Polonia. Comparte territorio con Bielorrusia, y además por albergar entre ambos países una población estimada de 600/660 Bisontes, mantiene importantes concentraciones de alces, ciervos, lobos, linces y castores (que llegaron a la región de Suwalki en Polonia a través de los ríos que llegan hasta allí desde Lituania y Bielorrusia). Fue declarado Patrimonio de la Humanidad y hasta aquí se acercaban reyes polacos y zares rusos a cazar.
Además del reclamo de los bisontes se pueden observar árboles de porte monumental y longevos entre los que destacan fresnos, píceas, robles y tilos que llegan a alcanzar los cincuenta metros de altura.
Al contrario que un turista acompañado con su guía y su tropa de compañeros de asiento nosotros veníamos documentados con un número de una revista, preguntando a tutiplen por una persona que no sabíamos a ciencia cierta si seguía en la faz de la tierra. En mi mente, porque Dorota estaba cansada del plan que había trazado un par de días antes, rondaba la idea de dar con el viejo guardabosque y vivir con el, tal vez la persona que mejor conoce estos bosques, unas jornadas de campo. Preguntado a las personas que se nos cruzaban por la calle por el señor de los bisontes logramos dar después de un buen rato con él. Hay que situarse en situación. Imaginar a un personaje en un pueblo de Polonia señalando en una revista (en un idioma que al local le suena como a un español el polaco) el nombre de un parroquiano. Os podéis imaginar la cara con la que muchos me miraban. Es verdad que Dorota me ayuda de vez en cuando. Al principio con un poco de entusiasmo y al final porque se nos pasaba la tarde buscando a una persona en vez de ir a la oficina de información. Y dimos con él. Recuerdo ese momento, la primera casa del pueblo de Gródki 2, Stefan estaba sentado bajo el pequeño porche de la casa, en las escaleras de acceso a la vivienda. Dorota grito el nombre y afirmo mientras comenzaba a acercarse para invitarnos a pasar.
Pasamos un buen rato hablando sobre su vida, el pueblo, los bisontes, el comunismo y la actualidad. Era un guarda forestal jubilado a quien la pensión estatal casi no llegaba ni para comer así que decidió ejercer como guía “fuera de la ley” y sacarse algún que otro extra. Stefan tenia setenta y tanto años y nos comentaba que este año era el primero en el que sufría dolores en las piernas. Nos quedamos a cuadros cuando al siguiente día fuimos los tres en busca del Bisonte. Quedamos los tres en un punto al inicio de Bialowieza y muy cerca de su pueblo. Como nos dijo, por la mañana pasamos por casa de un amigo para coger unas bicis pero no estaba y las alquilamos en la casa rural donde pernoctamos. Las bicicletas no estaban en buen estado y andar con la mía se convirtió en una tortura. Durante horas anduve de un lado a otro con una rueda desinflada hasta que cansado de tanto esfuerzo llame la atención de Stefan y este saco un bomba de la cesta. Era pequeña y la boquilla estaba rota pero él cogió una bolsa de plástico hasta que logro que el aire no escapara y fuera directamente a la cámara. Estoy seguro que llevaba días, meses o años utilizando el mismo sistema. Nuestro guía además de mandarnos conseguir dos bicis nos aconsejo comprar un repelente de mosquitos. Pensamos que si el lo decía lo mejor era estar preparado, el problema fue que mi chubasquero no tenia buena transpiración. Entre la humedad y los mosquitos nuestro paseo por el bosque se convertía por momentos en una pesadilla. En este primer recorrido solo encontramos los excrementos de este animal cuyos machos alcanzan los dos metros de altura en cruz y unos tres de longitud (más altos que los bisontes americanos, aunque menos robustos que los europeos) y que pueden alcanzar la tonelada del peso. Son animales que viven en grupos y solo los machos viejos llevan una vida solitaria. A Stefan se le veía enfadado porque no llegaba a dar con uno de estos machos que vagaba entre la espesura del bosque hacia solo tres días. Nos encontramos fuera de los límites del parque Nacional y sinceramente, soñaba con ver a estos animalitos fuera de la reserva. Paseo por aquí, paseo por allí, ahora cogemos este camino, ahora este otro, que si dejamos la bici y nos adentramos en el bosque, unas explicaciones y de vuelta con la bici. Y nuestro guía que pedaleaba y pedaleaba sin sudar ni una gota.
Al final tomo una decisión salomónica: cambiar el rumbo, cruzar la carretera que va hacia Halowjna, esconder las bicis y andar entre la espesura del bosque con dirección a la reserva científica. Alrededor del parque nacional hay una reserva zoológica que el público puede visitar y otras de carácter científico y de uso exclusivo por especialistas del mundo de la protección. Era sobrecogedor andar por un bosque donde la mano del hombre no interviene ni siquiera para retirar los árboles caídos. Los machos a menudo se acercan atraídos por el olor de las hembras. Nos explico que las vallas de madera alcanzan más de dos metros de altura, están reforzadas y aun así se ha dado el caso de que algunos machos del exterior han provocado destrozos al oler las hembras en la época de apareamiento. Miramos el interior de la reserva pero en un principio ninguno de nuestros amigos aparecían. Stefan trepo por la valla y se coló en un callejón que separaba dos partes de la reserva. Dentro la anchura no superaba los cinco metros y según nos comento servia para separar y juntar los individuos de una zona a otra. Volvimos a cruzar la tapia y en un momento Dorota y yo escuchamos un bufido. En este momento “Stefan el grande” se hizo humano. Hasta el momento tenía la suficiente capacidad física y mental como para moverse rápidamente en bici, andando y con el mapa del bosque en su cabeza. Pero en este instante vimos que le fallaba el oído. Dorota le comento en polaco que escuchamos un ruido que no venía del bosque. Yo sabia que pertenecía a un animal, no se a cual y tampoco sabia si venia del interior de la reserva. Volvimos mirar al otro lado de la valla pero no vimos nada. Seguimos en la dirección del ruido, lo volvimos a escuchar y Stefan se dio cuenta que estábamos cerca de un bisonte. Al minuto nos paro en seco, nos dijo mediante señas que rodeáramos un árbol para dejar paso libre al bisonte. Alce la vista y…! Joder! Pensé. Menudo animal teníamos a unos cuarenta metros. Más tardé, asimilado el momento recordé otro momento espectacular y parecido al que acababa de vivir: el avistamiento de ballenas en Puerto Pirámides, Península Valdés. Tuve el tiempo justo para disfrutar unos segundos del animal y lo justo para sacar unas fotos “movidas”. El impresionante mamífero que estuvo a punto de desaparecer a principios del siglo XX, se encontraba frente a nosotros y durante unos instantes nos miraba tan perplejo como nosotros a él. Durante más de 20 años unos pocos ejemplares que provenían en su mayoría de distintos zoológicos, se juntaron en reservas de la región para criarlos en cautividad. Fue en 1952 cuando se les dejó en libertad pero el primer ternero nació cinco años después. En la actualidad la población esta controlada e incluso se permite la caza de algunos ejemplares con la excusa de que el parque no puede garantizar la supervivencia de un número excesivo de ejemplares lo que suele originar una fuerte discusión. Es el caso de del Rey de España, Juan Carlos I, que abatió un bisonte sembrando la polémica en Polonia y no tanto en España, donde se olvido el tema unos días después.
Existen reservas de Bisontes en los bosques de Knyszynska, Borecka, Niepolomicka (cerca de Cracovia), Pilskie y en el Parque Nacional de los Bieszcady, donde se cruzo a hembras de Bialowieza con el único animal que sobrevivió en cautividad de macho del Bisonte del Caucaso (subespecie B.b. caucasicus) hasta 1925.
Regresamos a por las bicis con una sonrisa. Anochecía y el objetivo de la primera excursión se vio cumplido: ver el Bisonte en libertad, fuera de cercados, reservas o zoos.
Al siguiente día madrugamos un poco para encontrarnos en las puertas de la casa de Stefan justo al amanecer. El roció de la noche y los primeros rayos del sol daban al lugar una apariencia singular. Uno podía imaginarse en el bosque de Robin Hood, sentirse único, libre e incluso un poco pequeño ante tanto árbol y tan grande. Explico la frase. Único porque la sensación es totalmente distinta a la de encontrarse en pleno centro comercial, atasco, en la fabrica, en un partido de fútbol o en una bar hasta las pelotas, donde uno a veces se da cuenta de que es uno más, un número, si se desea llamar así. Libre porque sabiendo que es falso dentro de lo que cabe se es más libre en Bialowieza que en Vitoria. Y pequeño porque incluso los árboles caídos me pasaban en altura.
Stefan nos mostró algunos ejemplares de tilos, píceas y robles centenarios y que no tenían nada que envidiar a los que se pueden ver dentro de la reserva integral del parque. Aquello seres eran impresionantes y solo el tiempo debería indicar cuando poner fin a su vida y nunca la acción o algo provocado de forma indirecta por la mano humana.
Estuvimos en un lugar donde se mezclaba la mitología con lo pagano, un centro educacional sobre medio ambiente, las trincheras utilizadas durante la segunda guerra mundial, monumentos a los que les alcanzaron la mano nazi y la frontera con Bielorrusia. También seguimos el rastro de algún que otro Bisonte pero esta vez no tuvimos tanta suerte a pesar de estar muy cerca (excrementos de esa misma noche).
Escrito del sábado 23 de julio del 2005.
Hoy tocaba madrugar. Poco después de las siete salimos escopeteados de la cama para ducharnos, desayunar y preparar los bocadillos del día. Ania nos escucho y se levanto para despedirnos. Nos comento que estuvo hasta las dos y media hablando con una vecina, pani Crisia (señorita Crisia), que se marcho bastante contenta. Y os me lo creo porque estoy seguro de ello. Una de las cosas que he aprendido en este país es que si un polaco te dice que esta borracho o que lo estaba es cierto y punto.
En la estación de autobuses cogimos uno de los tantos buses públicas (PKS) que unen Krakow con Zakopane. El billete salio por 10 zl., la distancia de unos 105 kilómetros y nos costo casi tres horas llegar.
Lo primero que hicimos al llegar fue tomar un café y una porción de tarta. Durante el trayecto pasamos por el Parque Nacional de Gorczanski donde se esta construyendo una carretera de dos carriles para cada sentido, una semi-autovía en plena montaña. Los kilómetros hasta Zakopane se convirtieron en una tortura: ruido, parada tras parada, humos que casi no dejaban ver los valles y las aldeas. Dorota me comenta que el trafico que soportaba esta carretera hacia necesario una ampliación. En invierno por los turistas en busca de pistas de Sky, el resto del año visitantes en busca de paseos y encuentros con la naturaleza.
Las casas de la región a mis ojos eran una maravilla. Recordaban, al menos para mi, a esas casas que construía cuando era pequeño. Venían en laminas de papel. Después de recórtalas había que ir pegando las pestañas hasta formar algo parecido a la imagen que acompañaba a la lamina.
Al llegar acudimos al centro de información del parque Nacional de los Tatras. Desde Zakopane un minibús nos llevó hasta la entrada al parque más cercano a los lagos. La carretera desde Zakopane ascendía poco a poco entre praderas y bosques de abeto rojo, mezclado con abeto común, alerce, manchas de haya y otras especies boscosas que van dejando paso a otras de carácter más alpino a medida que se asciende en altitud. En algunos prados se veían pequeños montones de paja seca , reflejo de una estampa bucólica que con frecuencia aparecen en reportajes y guías de viajes sobre Polonia.
Lo que mis ojos iban a ver poco después no me lo esperaba, ni lo hubiera imaginado. Un inmenso aparcamiento repleto de autobuses, combis y coches. En un lado de la carretera una inacabable fila de coches aparcados llegaba hasta escasos metros de la puerta.
La región de los montes Tatras es la única de carácter alpino en toda Polonia. La cima más alta de esta cadena montañosa es el Rysy con 2.499 metros.
Para entrar al Parque Nacional hay que abonar 2,20 zlotis por persona. Este país me gusta, depositan tanta confianza que con la palabra les vale. Es cierto que con el carné de estudiante desconfían en los trenes pero no en las entradas de museos y parques nacionales. Con decirles que eres estudiante y mostrarles el carné ISIC (International Student Card) se quedan tan tranquilos. Y lo digo porque siendo verdad lo de “estudiante” también es cierto que paso de los veinte y seis años y muchas veces se mira la edad, y si superas esta, debes de abonar la entrada de adulto.
La subida al lago Morskie Oko, atestada de gente, es lo más parecido a un paseo por las calles más reconocidas de nuestras ciudades. Lo único, y ya es bastante, es que en vez de rodearnos de comercios, viviendas y oficinas nos encontramos en un paisaje verde, increíble. Miles de personas bajaban y subían a través de la carretera que fue construida durante la época comunista y por la que se podía transitar hasta hace unos años. Algún que otro vehiculo nos paso, siendo lo más probable funcionarios del parque o trabajadores del refugio. El resto unos carros largos tirados por un par de caballos que pueden transportar a quince personas. La subida por la carretera hasta el refugio no se realiza en menos de dos horas y media, cubriendo la distancia de nueve kilómetros cuesta arriba. Hay como cuatro o cinco atajos entre el bosque que evitan el serpenteo ascendente del asfalto. En algunos lugares han colocado servicios portátiles, mesas y bancos donde descansar y reponer fuerzas. Nos lo tomamos con calma y realizamos dos paradas: en la primera comemos unos bocadillos pequeños de mantequilla, queso y mortadela que a mi por lo menos me saben a gloria; la última parada es un poco antes de llegar a la antigua estación de autobuses en Wlosienica, hoy bar-restaurante a dos kilómetros del lago Morskie Oko. En este punto finaliza el asfalto y el trayecto de los carros. Los hombres aprovechan para colocar un saco con alimento a los caballos.
La llegada al lago vino precedida del bullicio del albergue, aunque para ser francos, debo decir que había muchos visitantes pero no tanto ruido como podía parecer y es que los polacos no gritan tanto como los españoles. El refugio esta junto al lago y desde el balcón las vistas son impresionantes. Un lago de aguas verde esmeralda, aparece casi por sorpresa ante nosotros. Una esplendida panorámica. Rodeado de montañas, en uno de los lados todavía hay nieve donde juegan y se deslizan con sacos unos cuantos niños. Entramos en el restaurante, lleno de gente con sus refrescos, platos con comida típica de la región bajo la omnipresencia de un plato de sopa o surek. Cerca de la principal puerta aparecen varias fotos de las visitas del Papa Juan Pablo ll reconocido amante del sky y senderismo de montaña y asiduo a los Tatras desde joven.
Sacamos unas fotos y rodeamos el lago por la derecha de la imagen por un sendero que transcurre alrededor del Morskie Oko. Ascendemos al lago de arriba, de nombre Czarny Staw. Aquí no hay tanta gente como abajo y las vistas son espectaculares aunque un cambio de tiempo repentino nos obligó a descender a los cinco minutos. Comenzó chispeando y cuando asomamos la cabeza en donde se encuentra este segundo lago nos topamos con una densa bruma que nos iba devorando. Nos llamo la atención la tranquilidad de los animales, bien por estar acostumbrados a la presencia humana o el respeto hacia ellos. Tal vez una combinación de ambas o quizás porque acercándose, la gente los alimentaba.
Descendimos rápidamente y continuamos por la orilla que nos faltaba por recorrer. Hacemos una parada para picar algo y ver un mapa de los lagos. Me doy cuenta que siempre hacemos lo contrario al resto de las personas. Hemos sido de los últimos en llegar al Morskie Oko y también al segundo y de los últimos en abandonar el Parque Nacional. Pero me siento cómodo sin la masificación de esta mañana.
Salimos del parque como entramos, andando, en combina taxi hasta Zakopane y en bus hasta Cracovia sin tiempo ni para girar la cabeza. El autobús huele a alcohol y ya no me sorprende. No es una ley, ni hay una placa en la que se lea: “dos de cada cinco plazas solo para bebedores ocasionales” pero algo de ello hay. Lo más llamativo del viaje no es que las personas arreglen las paradas con el chofer. Lo más increíble sucede en el momento de bajarse una señora. De repente aparece desde atrás como una estrella fugaz perfumada en alcohol una persona y cuando esta casi afuera se gira y le dice al chofer algo que traduce Dorota: Un momentin. Echo una meada y subo en un plis”. Nos quedamos a cuadros. Al chofer, el más elegante de los que ví en toda Polonia, aguanta como puede sin perder la compostura. Pero lo realmente increíble es que ni el chofer, ni el resto de la gente dice nada cuando la estrella olorosa regresa a su asiento

 

 



 
 
 
 
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